Diciembre
2007 |
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Web 2.0: ¿de todo y para todos?
// Rafael Conde del Pozo
En su última edición, la portada que la revista Time dedica habitualmente al hombre o mujer del año, el elegido fue el lector. Con una portada que, a modo de espejo, reflejaba el rostro de quien tenía la revista en la mano, el mensaje era “the man of the year is you”, es decir, “el hombre del año eres tú”. Con esta brillante idea, la publicación venía a reconocer el protagonismo del ciudadano anónimo en ese fenómeno sin precedentes, más social que tecnológico, que ya todos identificamos como Web 2.0. Puesto que, gracias a la propia Web 2.0, se ha escrito ya casi todo sobre ella, resulta complicado pronunciarse sin arriesgarse a resultar reiterativo. Se ha dicho que es más una cuestión de actitud que de tecnología; que constituye la mayor revolución silenciosa de los últimos tiempos; que, por fin, existe una herramienta que da voz al individuo y lo iguala con quienes siempre han tenido el privilegio de poder comunicarse de forma masiva; que democratiza las relaciones entre personas físicas y jurídicas de toda índole o que sienta las bases de un nuevo modelo de relacionarse, a escala global, que cambiará para siempre el modo en que Administraciones, empresas y cualquier otra organización se relacionan entre sí y, sobre todo, con los ciudadanos.
Todo ello es cierto. El fenómeno Web 2.0, que implica una interacción globalizada sin precedentes de los individuos entre ellos mismos y con su entorno, está revolucionando nuestra forma de ver y obrar en el mundo. Cuando un vídeo que circula por la Red, un blog de moda o un post en un foro pueden incidir directamente en el éxito o fracaso comercial de un producto o servicio; de un grupo de música; de una película o de un proyecto político, está claro que las reglas del juego no han hecho más que empezar a cambiar. La fulminante expansión de la Web 2.0 y de sus principios han pillado, sin embargo, con “el pie cambiado” a algunas organizaciones. ¿Cómo gestionar lo que viene en llamarse “la reputación digital”? ¿Cómo distinguir lo cierto de lo incierto? ¿Cómo participar, en tanto que entidad, y no como individuo, en un fenómeno creado y concebido espontáneamente por y para los ciudadanos anónimos? Todos conocemos algunas muestras de ello, tales como de los portales que permiten, por ejemplo, a empleados expresar sus opiniones de forma anónima sobres las empresas en las que trabajan o han trabajado, dando voz al individuo frente a la organización, al “débil” frente al “fuerte”, o al “perjudicado” frente al “beneficiado”. Pero, ¿cuáles deben de ser los límites de esta forma de expresión?. ¿Podemos o debemos dar herramientas a aquellos que no están preparados para hacer un uso razonable de las mismas? La Web 2.0 debe constituir el triunfo de la participación, la interacción y la globalización de la información, en beneficio de todos. Sin embargo, como el Universo, al que algunos la comparan, debe expandirse ilimitadamente, pero no carecer de límites. éstos deben venir impuestos por el sentido común y por la autorregulación. ¿Cómo sabemos que todo lo escrito en Internet es rigurosamente cierto? ¿Por qué dar todo el pábulo y la credibilidad a contenidos carentes de autoría? ¿Quién nos indica qué sitios constituyen fuentes de rigor y cuáles, no? ¿Cómo distinguir la información del rumor o, peor, de la calumnia? Un reciente estudio de la prestigiosa empresa de encuestas de opinión IPSOS revela que un tercio de los ciudadanos europeos ha renunciado a realizar una compra, tras haber leído en un blog un comentario contrario al producto o servicio que pensaban adquirir. En nuestro país, esta tasa se sitúa en el 31% de los encuestados. De los 5.000 individuos entrevistados en el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y España, el 52% asegura que se siente influido por las opiniones positivas que un blog pueda verter sobre determinados productos o servicios. ¿Somos conscientes del poder de influencia de la Web 2.0 sobre la marcha económica de las empresas? ¿Alguien ha estimado el coste o beneficio que su poder de referenciación pueda tener en positivo o en negativo?
En el “mundo real”, el ciudadano es por supuesto influenciable, pero identifica con relativa facilidad al emisor de los mensajes que le llegan. Sabe qué es marketing y qué es publicidad; pone nombres y apellidos a los medios de comunicación y si un conocido le habla de una experiencia de compra es capaz de calibrar, en mayor o menor medida, el lógico peso del sesgo personal. ¿Y en la Red? ¿Identifica el internauta claramente quién se sitúa tras sus fuentes de información? ¿Siempre? No se trata de pugnar por el control y la regulación de un fenómeno tan necesario como sano; nada más contrario al espíritu de Web 2.0, cuya presencia mejora, sin duda alguna, nuestras vidas. Se trata, precisamente, de defender el derecho del participante en este fenómeno a la información; que no siempre es lo mismo que el acceso a un maremagno de opiniones y datos, en el que lo riguroso se entremezcla con lo dudoso. Pero, ¿se está desvirtuando la información de esta forma tan democrática? Estas nuevas herramientas deben ayudarnos a desarrollar nuevas capacidades que nos permitan ser más objetivos con la información que recibimos. Debemos poner en duda todo lo que leemos, dentro y fuera de la red, y ello nos debe llevar a buscar información complementaria de diversas fuentes para articular nuestra propia opinión. Todo ello nos debería de llevar a construir una auténtica sociedad del conocimiento. Esto es parte de la esencia de la Web 2.0, que sea el propio ciudadano el que sea capaz de distinguir entre lo riguroso y lo dudoso, al igual que es capaz de distinguir entre un anuncio en una valla publicitaria, un panel informativo o una pintada reivindicativa.
En un país en el que, según la última oleada del Observatorio de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información realizada por la entidad Red.es, menos de la mitad de la población tiene acceso a Internet (el 40% de los hogares españoles), hablar de Web 2.0 nos sigue obligando, además, a mantener una actitud más prudente que entusiasta. Si la democratización y el triunfo de la participación es una de las máximas premisas de este fenómeno, uno de sus principios fundamentales debe ser el acceso universal a sus contenidos. Mientras nos sigamos manteniendo lejos de las tasas de conexión de los países más avanzados tecnológicamente, la Web 2.0 no será un fenómeno mayoritario en España. Participar y ser educados en la distinción de la información no constituyen obligaciones del ciudadano, sino derechos en toda regla. Son dos principios elementales que contribuirán a hacer de Web 2.0 una realidad, y no un término más de los muchos que el mundo de las tecnologías de la información pone periódicamente de moda. Por tanto, la articulación de una ciudadanía colaborativa, y la creación de redes sociales dentro y fuera de la red debe de ser un objetivo de esta sociedad, y debe de contar con el impulso de las instituciones. Tal y como afirma en sus retos el plan Avanza: “garantizar la inclusión de toda la población, facilitando el acceso y difundiendo servicios de utilidad de las nuevas tecnologías para mejorar la calidad de vida, la información y la participación del ciudadano en su comunidad”. Exijamos que este reto pueda ser una realidad y contribuya a traspasar las fronteras del mundo virtual y generar en lo real auténticos cambios políticos, sociales y empresariales. |